En la mansión de mi pololo nos revolcamos a gusto

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Quedar a solas con mi pololo era lo que más me agradaba. Su casa era una mansión solariega de años idos. Ese día me llevó cargada hasta su cama y en un instante estaba desnudo encima de mí: sentía como me besaba los senos y me tocaba las caderas; yo me sentía excitada y deseaba que penetrara para poder soltar todo lo que tenía dentro. Se movía con velocidad frenética y eso hacía que yo estuviera cada vez más húmeda, podía sentir cómo se endurecía más y más conforme era inevitable su eyaculación. Lo cual no tardó mucho pues ya estaba suficientemente excitado desde que empezamos a besarnos.