Gringa salvaje de Colchagua se come mi anaconda

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En mis vacaciones de verano, me comí a varias nenas. Una de las primeras fue una gringuita que tenía un olor riquísimo cuando la abrí de piernas; su vagina olía a rosas y jardines que girasoles: entonces cuando saqué mi pichula negra y gorda: era una anaconda en un jardín de flores hermosas. La penetré hasta que se le voltearon los ojos; me la culie hasta que diga basta, y le metí tan adentro la pinga de su boca que pude ver como arrojaba y se le enrojecían los ojos de no poder comérsela toda. Se atoraba con mi pichula pero nunca me dijo que la sacara.